EL TÍO PEPE EL MALETAS
Texto: Rosa Marín
Este relato ha sido elaborado a partir del testimonio de su hija María José, de los recuerdos de los vecinos y vecinas del pueblo de Marines y de la insistencia de Paco Cortell, que me ha repetido muchas veces ,” hay una historia que contar: la de Pepe, el maletas.”
José Montero García nunca imaginó que acabaría formando parte de la memoria de un pueblo. Y, sin embargo, décadas después, en Marines todavía hay quien recuerda su figura recorriendo los caminos de la sierra, el sonido de la mobilette subiendo las cuestas y aquellas maletas cargadas de género que anunciaban su llegada mucho antes de verlo aparecer.
Todos lo conocían como Pepe el Maletas.
Había nacido en Cuevas de Vinromá (Castellón) el 19 de marzo de 1926. Su infancia no fue fácil. Siendo todavía un niño quedó huérfano de madre, Modesta. Su padre, Luis, guardia civil, fue destinado poco después al cuartel de Segorbe, ciudad donde Pepe crecería y pasaría su juventud.
Estudió en el colegio y más tarde ingresó en el seminario, donde completó su formación. Durante un tiempo intentó seguir los pasos de su padre y entrar en la Guardia Civil, pero un problema de visión le cerró aquel camino antes de empezar. A partir de ahí, su vida fue un ir probando oficios: caminero, carpintero, trabajos humildes y temporales que no terminaban de darle estabilidad ni un rumbo claro.
Hasta que la vida, sin saberlo aún, lo fue llevando hacia otro destino: los caminos, los pueblos y el contacto directo con la gente.
En 1950 conoció a Fabiana, natural de Albacete, la mujer con la que compartiría toda su vida. Se casaron en 1952 y juntos comenzaron una etapa marcada por el esfuerzo, el trabajo constante y la necesidad de salir adelante.
En aquellos años, desplazarse hasta Valencia a comprar no era algo habitual. Requería tiempo, dinero y medios que muchas familias no tenían. Y ahí es donde, poco a poco, Pepe fue encontrando su lugar.
Empezó de la forma más sencilla: una bicicleta.
Sobre ella cargaba maletas repletas de telas, ropa de hogar, calcetines, camisetas, puntillas y pequeños encargos. Compraba el género en Segorbe y lo llevaba directamente a las casas de Marines, Gátova y otros pueblos de la sierra.
Recorría caminos largos, polvorientos y llenos de curvas, pero no le importaba. Cada parada era una casa, una conversación, una necesidad.
Años después llegaron la mobilette, el motocarro y más tarde una furgoneta. Pero las maletas siguieron siempre con él, como su seña de identidad.
Y así, sin buscarlo, el nombre se quedó para siempre: Pepe el Maletas.
Pepe convirtió su manera de ganarse la vida en algo mucho más grande que un simple oficio. No solo vendía mercancías: llevaba cercanía, confianza y una forma distinta de entender el comercio en una época en la que no todo el mundo podía permitirse desplazarse hasta la ciudad.
Las mujeres de Marines lo esperaban para preparar el ajuar: sábanas, toallas, cubres, telas, cortinas… Todo lo necesario para la casa o para una boda. Muchas viviendas se vistieron gracias a aquellas maletas que parecían no tener fondo.
“Mi madre nos hizo toda la dote con lo que traía Pepe”, recuerda una vecina.
Otra lo describe con una sonrisa, comparándolo con los grandes almacenes de la época:
“Era como Galerías Preciados o El Corte Inglés, pero andando.”
Pepe no imponía prisas ni condiciones. La gente pagaba como podía, poco a poco, según sus posibilidades. Todo se anotaba en pequeñas libretas, donde las cuentas se mezclaban con la confianza.
“Si podías dar cien pesetas, dabas eso”, comentan algunos vecinos.
Y así, con paciencia y una relación basada en la palabra, fue entrando en las casas como uno más de la familia.
A media mañana, su voz se escuchaba por las calles de Marines anunciando lo que traía: “¡Toallas, sábanas, cubres...!”. En sus maletas cabía casi de todo, desde ropa interior hasta pequeños encargos personalizados.
El trato era siempre cercano, casi familiar. No era raro que, además de vender, tomara medidas para cortinas o recogiera encargos especiales para alguna casa.
También participó, de manera discreta pero constante, en la transformación del pueblo durante el traslado al nuevo Marines. Llevaba tejidos, colchones e incluso muebles por encargo. Recuerda Tere: “yo aún guardo la ropa de mi marido en el arcón que le compré al tío Pepe el Maletas”. Su trabajo se adaptaba a las necesidades de cada familia.
Detrás de muchas de aquellas cortinas estaba también Fabiana, su mujer, que cosía, arreglaba y confeccionaba buena parte de las prendas. Su labor, menos visible pero igual de importante, completaba el trabajo de Pepe. Juntos formaban un equipo unido por el esfuerzo y la constancia.
Más adelante, sus hijos también se incorporaron al trabajo. Primero José Luis, que comenzó a acompañarlo al volante de un Renault azul, recorriendo aquellos caminos que ya conocían de memoria. Más tarde, otro de sus hijos continuaría el relevo, ampliando incluso los productos que ofrecían.
Pepe ya no era solo un vendedor ambulante.
Era una presencia cotidiana, una figura inseparable de la vida diaria de Marines.
“Venía dos veces por semana. Y los sábados solo a cobrar.”
“Siempre con una sonrisa.”
“Y cuando se estaba acabando la cuenta pendiente, ya te enseñaba algo nuevo que había recibido o te decía: Mira, ¿no necesitarás algo de esto?"
“Yo lo he conocido toda la vida. Ya iba a Marines viejo, me contaba mi madre, no sé que compraría mi abuela, igual sábanas…”
Los testimonios se repiten con una idea común: su llegada formaba parte del ritmo del pueblo. No era algo excepcional, era algo cotidiano, casi necesario.
Y en esa cotidianidad, sin darse cuenta, Pepe fue ganándose algo más valioso que las ventas: el cariño de la gente.
Con los años, su recuerdo quedó ligado a momentos importantes de la vida de muchas familias. No solo estaba presente en la compra del día a día, sino también en bodas, nacimientos y cambios de casa. Era habitual que su figura apareciera en aquellos instantes en los que la vida daba un giro.
Una vecina relata un momento delicado de su familia:
“A David y a mí nos trajo la ropa para la boda de mi hermana. Había faltado mi padre y yo quería ir vestida con algo más discreto de lo que teníamos ya preparado. Él nos tomó las medidas y nos trajo la ropa que necesitábamos.”
En historias como estas se resume lo que Pepe significaba para mucha gente: alguien que entendía sin necesidad de muchas explicaciones.
Un vecino explica entre risas:
«Me compré una camiseta muy bonita para fiestas. Cuando salimos a la plaza descubrimos que varios llevábamos la misma. Nos mirábamos y decíamos: "Tú vas de Pepe el Maletas".»
Él acercó el comercio a nuestro pueblo. Fue un intermediario honrado entre las tiendas y las familias humildes. Gracias a su trabajo, muchas personas pudieron acceder a productos básicos sin salir de casa y pagando poco a poco, según sus posibilidades.
Pero su verdadero legado no fue material.
No fueron las telas.
Ni las maletas.
Ni siquiera los objetos que vendía.
Fue otra cosa.
La forma de estar.
La manera de tratar a la gente.
La confianza que generaba.
Y el tiempo que sabía dedicar a cada persona.
Por eso, todavía hoy, cuando alguien lo recuerda, no habla solo de un vendedor ambulante. Habla de alguien que formaba parte de la vida del pueblo.
De alguien que llegaba, saludaba, preguntaba y escuchaba.
Alguien que era esperado.
Alguien que era querido.
Por las carreteras de la sierra, por las calles del pueblo, quedaron sus pasos, sus viajes constantes y el sonido de aquellos vehículos que marcaron una época: la bicicleta, la mobilette, el motocarro y la furgoneta. Todo eso desapareció hace tiempo, pero su recuerdo no.






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